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Álvaro Mendoza.

Opinió d’Álvaro Mendoza: El lugar y su imagen

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¿Puede un lugar conservar su identidad sin quedar disuelto por la imagen que el mundo construye de él? La pregunta nos parece lejana, abstracta mientras permanece en el terreno de las ideas. Pero basta pensar en una isla conocida, en la que vivimos, en una calle que hemos recorrido durante años o en una plaza donde todavía reconocemos una sombra, un olor o una conversación, para comprender que no hablamos de geografía, sino de memoria.

Hay lugares que han dejado de existir como territorios para convertirse en símbolos. Ya no viajamos hacia ellos; viajamos hacia la imagen, a una identidad que ha sido reconstruida como un reflejo que sólo enseña lo que queremos mostrar. El destino deja entonces de ser un lugar y empieza a funcionar como un espejo. No buscamos lo que guarda, lo que el lugar construyó con los años antes de ser otra cosa, se busca aquello que nuestra mirada espera encontrar. El paisaje deja de revelarse y comienza a confirmarnos.

La cultura de la imagen no solo transforma la manera en que representamos los lugares; termina transformando a los propios lugares. Hay territorios cuya existencia pública depende menos de lo que son, que de aquello que consiguen proyectar. Toda representación comienza con una elección. Ninguna imagen puede contener la realidad entera, siempre deja algo fuera. Después llega un proceso más silencioso: desaparecen las contradicciones, los tiempos muertos, las huellas que no resultan atractivas; permanecen únicamente los fragmentos capaces de sostener el relato. Queda el escenario. Repetidas una y otra vez, esas imágenes acaban ocupando el lugar de aquello que pretendían mostrar.

Los personajes de estas imágenes deciden con antelación su vestuario para la escena, hay muchos de ellos que lucen bien, hay uniformidad, hasta son universales, un patrón repetitivo de buena estética previsible, todo para encajar dentro de esa memoria que se auto construye transformando el territorio, normaliza la estética del lugar, pero cuando la temporada acaba; se llevan consigo el atrezo, el vestuario, pero el lugar ha sido convertido en un signo al que se busca por esa imagen creada, pero ahí no queda todo. Quien mide el resultado de la temporada medita; en una larga y objetiva reflexión, toma como identidad la imagen construida. Con esa identidad renovada, la próxima temporada está garantizada.

Llega entonces un momento, difícil de señalar pero fácil de reconocer, en que los lugares dejan de producir imágenes y son las imágenes las que empiezan a producir los lugares. El territorio termina pareciéndose a la fotografía que lo hizo famoso. La representación deja de ser un reflejo y se convierte en un destino.
El territorio puede delimitarse en un plano. El lugar solo puede construirse lentamente tomando como eje su memoria. No nace porque alguien ocupe un espacio, sino porque una comunidad deposita en él sus recuerdos, sus afectos, sus pérdidas, sus celebraciones. Es una obra silenciosa, levantada por generaciones que apenas sospechan que la están construyendo. La materia de un lugar no es la piedra ni la tierra, sino la experiencia compartida, el sonido aún latente de las voces que lo habitaron.

Un lugar aparece cuando dejamos de mirar el suelo y empezamos a reconocernos en él. Allí donde la convivencia se vuelve memoria, el territorio adquiere consistencia. Y ese espesor no permanece inmóvil, cambia con quienes lo habitan, con las historias que se olvidan, con las nuevas formas de vivirlo.
Hoy, sin embargo, ese proceso lento ha comenzado a invertirse. No son solo las comunidades quienes producen el significado de los lugares. También lo hacen las imágenes que circulan sin descanso, las que millones de ojos repiten hasta convertir en única la versión que el mercado ha elegido.

Queda, al final, lo que ninguna cámara ha logrado capturar, la conversación en la panadería, que nunca fue fotografiada, el saludo en el supermercado del barrio, el transportista del agua que sabe donde vives, el vecino que me enseña a cultivar la patata, el cartero que me saluda en la carretera, la sombra de un árbol donde varias generaciones aprendieron a detenerse. Todo aquello que, por no poder convertirse en mercancía, permanece fuera del escaparate.

 

Álvaro Mendoza, arquitecte. 

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