En la isla el silencio es espeso.
Espeso como el calor que aplasta, como la rutina que repite los mismos abusos temporada tras temporada.
“Llegué a Formentera con una propuesta de trabajo: me iban a pagar 2500 € mensuales más alojamiento incluido. Empecé a trabajar y a la semana me avisaron que el acuerdo cambiaba, que mi nuevo sueldo era de 2000 € y que si no me gustaba, me fuera. Al estar atado al alojamiento y la dificultad de conseguir una vivienda digna, no tuve más opciones que aceptar. La casa donde vivíamos ni siquiera tenía cocina y el colchón del patio se lo alquilaban a una persona para que duerma.”
— Testimonio H
Empieza la temporada y el silencio sigue siendo espeso. Los abusos laborales son el día a día de una isla que vive del turismo, donde el foco está puesto en sacar el mayor beneficio a costa de los cuerpos de les trabajadores. Una isla donde la presencia sindical es precaria, donde gran parte de les trabajadores no tienen apoyo ni herramientas para resistir las exigencias y los abusos y donde el Estado elige mirar hacia otro lado.
En esta isla, los testimonios con los que comienza este texto son cotidianos. Nos acostumbramos a escucharlos, a habitarlos, a enojarnos y después poner el piloto automático y seguir, contando los días hasta que termine la temporada. Estamos indignades, enojades, llenes de impotencia. Y por eso creemos que es urgente empezar a generar espacios de encuentro, de acompañamiento y de organización. Porque si no lo hacemos entre todes, no lo hará nadie.
La explotación laboral no solo precariza a la clase trabajadora: rompe el pacto social. Nos separa, nos enfrenta, nos aísla. ¿Cómo seguir yendo al bar del pueblo a pasar un buen momento cuando sabes que ahí mismo echaron a tu amigue y nunca le pagaron las horas extras? Les empresaries juegan al secretismo, promueven el silencio, para que no hablemos de nuestros salarios con nuestros compañeres, para que no nos organicemos. Los cuerpos se transforman en insumos descartables y la legalidad se desdibuja para acomodarse a los intereses de unes poques.
En la isla el silencio es espeso, y el cansancio lo espesa aún más. La repetición diaria, las dobles jornadas y la anestesia de los excesos nocturnos hacen que la población mire hacia otro lado. Lo importante es llegar a fin de temporada con un par de euros en el bolsillo.
Nos venden la ilusión de que trabajar tanto es una elección. La lógica meritocrática convierte la explotación en orgullo y la precariedad en elección individual. Habitamos situaciones de violencia diaria, de violencia laboral. Son contades con los dedos de una mano los establecimientos que cuidan a sus trabajadores. Es indignante que muchos no tengan una jornada libre de descanso. Es abusivo que se hagan más de ocho horas diarias sin cobrar horas extras. Es triste ver cómo transforman la vivienda en un arma de extorsión que ata al trabajador a condiciones indignas.
Mientras tanto, les empresaries se llenan los bolsillos, amparades por un sistema que les protege y una población que, por necesidad o miedo, calla. Los derechos laborales, que fueron conquistas de generaciones enteras, se deshacen al calor del verano.
Hoy lo que pasa en Palestina nos recuerda el valor del boicot como herramienta política, como forma de resistencia ante la injusticia. Nos invita a mirar también aquí, a poner el ojo en quiénes financian la explotación, en quiénes la sostienen con su consumo y su silencio.
Pensamos —y sentimos— que la única manera de hacer frente a los abusos silenciosos de esta isla es uniéndonos, alzando la voz y visibilizando a quiénes agotan a otres a cambio de dinero. Seamos conscientes de dónde nos sentamos a tomar una cerveza, de quiénes están detrás de ese mostrador. Exijamos, de manera comunitaria y organizada, el respeto y el cuidado de les trabajadores.
La violencia laboral en Formentera tiene muchas caras.
¿Cuál has visto tú?
¿Y cuántas más vamos a soportar antes de romper este silencio espeso?
FIGA (Feminismos Interculturales en Grito Activo)
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